Sin ver para creer
Después de la risa y las ovaciones, para cada caso que correspondió, llegaba el momento de bajarse ese antifaz, que sirve en muy pocas ocasiones en el mundo de los que vemos, por ejemplo para poder dormir sin que la luz nos moleste.
Cuando ya estaba en “igualdad de condiciones”, es decir, con la venda sobre los ojos. Lo primero era tratar de ubicarme en la cancha, y para eso no quedaba otra que confiar en los guías que desde fuera de la misma eran mis ojos en ese momento.
El silbato sonó y la pelota empezó a rodar y a sonar, y sinceramente les cuento te sentís un “BOLUDO” cuando la escuchas cerca y decís: ¡Voy!, palabra que se utiliza para avisar que se va a disputar el balón, y seguís yendo contra nadie, porque ya te pasaron, te hicieron un caño y en sima te metieron el gol.
Finalmente tocas la pelota y la sensación de ser un gato jugando con un cascabel. Te ayudas de la baranda y parece que avanzas cien metros, aunque la cancha sólo tenga cuarenta, pasando a todo rival como Maradona en el ’86 contra los ingleses.
Sin embargo, en ese momento escuchas el ¡Voy! E indefectiblemente sabes que el romance con el balón fue demasiado corto como para disfrutarlo, imagínense si en el fútbol con amigos dominar el elemento esférico de cuero es una hermosa sensación, aún más lo es jugando a ciegas, sabiendo que es probable que no vuelvas a tocarla durante todo el partido.
El único consejo que puedo darles, es que si algún día tienen la posibilidad de compartir una cancha de fútbol para ciegos lo hagan. La experiencia es única y nunca lo van a olvidar, porque seas como seas, juegues como juegues, la pasión es la misma que sentimos todos. Sólo basta con mirar a esos hombres que cada mañana llegan al Cenard para superarse día a día, y todo está fundado en el sentimiento por el fútbol.
Publicado por
Pelota de Trapo
21 noviembre, 2009
16:31
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